Lo que viene
Noviembre, de a poco, se despide. Habitamos ya, desde hace al menos un par de semanas, sus modos más fríos. Desde aquí, su estela sepia se esfuma y atisbamos —cada vez con mayor claridad— a diciembre y sus festejos: abrazos, brindis y reuniones que le acompañan. Ese afán de buscarnos en nuestra tribu, de bailar en torno al fuego.
Mi agenda 2023 va quedándose sin hojas —lo mismo que los árboles—. En las 4 semanas restantes: dos pares de cumpleaños entrañables, posada del trabajo y reuniones con amigos. Y, sí, las esperadísimas vacaciones de fin de año. Tregua al horario laboral; cese al fuego de responsabilidades y tareas: pura gozadera. (Que, a mi edad, en realidad significa dormir 8 horas diarias, ver películas y cocinar mis platos favoritos sin salir de casa y —¡por favor!— sin visitar centros comerciales).
La semana pasada recibí una agenda 2024. Obsequio oportuno ante la —ya inminente— ansiedad por ordenar mi vida en torno al calendario, que aumenta exponencial y en proporción inversa al número de hojas restantes en mi agenda actual. Claro, yo aprovecho las ventajas del Google calendar, con sus convenientes alarmas, para recordarme lo importante y lo trivial. Pero, la agenda en papel —aunque quizá olvide consultarla— me representa una paz mental que ninguna aplicación digital consigue.
Hoy hice mi primer registro: FAOT [24 de enero 2024… miércoles]. He soñado ese FAOT desde hace más de una década. He querido conocer Álamos, Sonora; y eran mis sueños modestos: andar sus calles, tocar sus muros… contemplar las estrellas desde su noche oscura. Quise visitarla como turista y público de los conciertos del festival. La vida, ahora, me lleva a presentar el concierto de «Noches de Luna Brava», junto a mi querida Gabi Bojórquez. La emoción es gigante, ¡gigante! Además de la imagen tan poética: las palabras me llevan.
El 2023 aún no concluye —aunque parezca que sí—. No iniciaré el recuento ahora. Sólo quise pasar a compartir la emoción por lo que viene… y por tener ya mi agenda nueva.